Borja, Ester
Nacida en La Habana el 5 de Diciembre de 1913.

Nació en la casa de la calle Corrales, 80 entre Ángeles y Águila, pero al querer ingresar en la
Escuela Normal para Maestros, exigían 14 años cumplidos y sólo tenía 13, entonces su
madre, que era de Santiago de Las Vegas, logró que el juez de esa ciudad la inscribiera como
si hubiera nacido allí el 5 de septiembre y así pudo matricularse. Por esta circunstancia,
durante largo tiempo, se consideró que había nacido en esta ciudad.

“Si me hubieran preguntado dónde quería nacer, hubiera dicho que allí, porque en ese lugar
pasé los momentos más gratos de mi niñez y descubrí que tenía voz para cantar”.

Su madre fue Ramona Lima Pérez, ama de casa, de fe católica, a quien ella recuerda como
"un ser muy especial" y su padre, Ladislao Borja González, tabaquero y ateo que, como sus
compañeros de labor, "cuando no estaban en huelga, la estaban buscando".

El humilde hogar que Dios le proporcionó fue la cuna propicia para la formación de una ética
existencial que no ha cesado de acompañarla. A los 14 años, ella decidió su camino de fe al
empinarse delante de su amado padre para decirle que quería bautizarse en la Iglesia
Católica y él, respetuoso, lo aceptó sin remilgos porque ella ya tenía edad de "escoger".

Tuvo una infancia feliz: “Aunque pobre, nunca me faltó un juguete. Mis padres me llevaban los
domingos por las tardes a pasear y a oír los conciertos de la Banda de Música en el Malecón
habanero”.

Cursó los estudios primarios en la escuela de la Sociedad Económica de Amigos del País de
Santiago de Las Vegas y después hizo la preparatoria y entró al Instituto de Segunda
Enseñanza de La Habana.

Empezó a actuar jovencita, como aficionada en las veladas de la Escuela Primaria Superior en
Santiago de Las Vegas donde le acompañaba al piano una amiga, Margot, hija del director de
ese centro. Conoció allí a Gabriel Gravier, el autor de la letra de la canción de Rodrigo Prats
Una rosa de Francia.

Estudió piano, a partir de 1924, en el Centro Gallego de La Habana con Conchita Cato e Irene
Zonz, graduándose de Profesora de Solfeo y Teoría cinco años después. Tomó clases de
ballet clásico en la Academia de la bailarina húngara Dania D'Esko.

Para complacer a su madre -quien deseaba prepararla para la vida- se graduó como maestra
con excelentes notas en la Escuela Normal de La Habana, pero nunca ejerció esta profesión.

Comenzó a cantar como aficionada en la emisora radiofónica Lavín, y luego en la CMCA,
donde en 1932 conoció a la compositora y pianista Ernestina Lecuona, hermana mayor y
primera maestra de piano de Ernesto, quien la integró a un programa de radio dirigido por
ella, donde interpretaba sus canciones.

Cuando Ernestina la estaba escuchando en su casa por vez primera salió de un cuarto una
ancianita tocando las paredes, porque era ciega y preguntó: ‘Ernestina, ¿quién está
cantando?’. Y le contestó: ‘Es una jovencita que vino para que yo la escuchara, tía Carmen’. Y
la señora expresó: ‘¡Ay, Ernestina, cuando Ernestico la oiga!’. Y Ester pensó: ¡Eso mismo es lo
que yo necesito!”.

En esa primera audición con Ernestina, ésta fue a su cuarto, trajo unas cuantas partituras, las
tocó al piano y le sugirió que las aprendiera para su repertorio. A ella le debe conocer las
obras de Anckermann, Sánchez de Fuentes, María Cervantes y otras grandes figuras.

Posteriormente le presentó a su hermano, Ernesto Lecuona, quien al escucharla y enterarse
que sabía música pero que no había estudiado canto, le aconsejó que lo hiciera con Juan
Manuel Elósegui, su único maestro en esa disciplina. Le costeó estos estudios su padrino
pero cuando no pudo seguir pagándoselos, Elósegui se los continuó gratis. Con él mantuvo
vínculo de alumna hasta su fallecimiento en 1947.

Ernesto Lecuona le hizo debutar acompañándola él mismo al piano, el 26 Febrero de 1935,
interpretando un grupo de seis canciones de su autoría con textos de José Martí: Una rosa
blanca, Un ramo de flores, La que se murió de amor, Sé que estuviste llorando, De cara al sol
y Tu cabellera. Eso fue en la antigua sociedad femenina Lyceum.

A partir de entonces realizó una larga y fecunda carrera artística que la convirtió en una de las
más relevantes cantantes líricas de Cuba.

Su primera incursión en el mundo teatral la hizo interpretando un personaje secundario en el
estreno en Cuba de la zarzuela Julián el Gallo, de Ernesto Lecuona, en el Teatro Auditórium de
La Habana el 20 de Junio de 1935. Además se puso en escena María la O, en sus
representación numero 100, donde también intervino en el número del cabildo.

Posteriormente, el 13 de Septiembre de 1935 en el mismo teatro, en el estreno de la opereta-
revista Lola Cruz, del mismo compositor, hizo el papel de ‘Damisela’ en el que cantó el vals-
canción “Damisela encantadora” que es un cuadro de revista que no tiene que ver con el
argumento de la obra, que Lecuona escribió para ella y lo incluyó en Lola Cruz para su
lucimiento. Lo cantó de forma encantadora y significó su consagración como cantante, primero
en Cuba y después en el ámbito universal.

El reparto de la obra de su debut fue el siguiente: Caridad Suárez (Lola Cruz), Tomasita Núñez
(Concha Cuesta), Miguel de Grandy (Ricardo Chacón), Álvaro Suárez (Federico), Ester Borja
(Damisela), María Pardo (Mamá Trina), Mimí Cal (Ña Regla), Zoila Pérez (Mª Belén), María Ruiz
(Beatriz), Esperanza Menocal (Aurelia), Eddy López (Chacho), Pedrito Fernández (Monaguillo),
entre otros.

También fue Lecuona quien la presentó el año 1935 en el Teatro Principal de la Comedia
donde se sucedieron otras interpretaciones, tales como La viuda alegre (acto III en el Maxim);
María la O (Cabildo), Las corsarias, de Alonso; La gatita blanca, de Giménez; La corte de
Faraón, de Lleó, en la que hizo de ‘Lota’ con Tomasita Núñez en la ‘Reina’; La duquesa de Bal
Tabarín, con Caridad Suárez como ‘Fru-Frú’ y Angelita Méndez como ‘Ketty’. Los días 1 y 2 de
Noviembre se puso el tradicional Tenorio en el que Ester canto en el intermedio Estrellita, de
Ponce. La liga de las señoras, de Lecuona; Lola Cruz (reposición); El conde de Luxemburgo,
con Rita Montaner, Miguel de Grandy y Álvaro Suárez; La virgen morena con Josefina Meca,
Margot Alvariño, Miguel de Grandy y Romano Splinter; Lola Cruz en la que hizo de ‘Concha
Cuesta’ en el primer acto junto a Josefina Meca; Los sobrinos del Capitán Grant; La flor del
Sitio, de Lecuona, con Hortensia Coalla y Graciela Santos.

El martes 21 de Enero de 1936 se ofreció una función de despedida de Lecuona que partía de
gira por provincias. Se puso en la primera parte La flor del Sitio y el cuadro III de María la O. En
la segunda parte un concierto en el que Ester cantó La que se murió de amor y Sé que
estuviste llorando (del ciclo Martí-Lecuona). En la tercera se puso el acto III de Lola Cruz en el
que Rita Montaner, Hortensia Coalla, Josefina Meca, Esther Borja, Tomasita Núñez y María
Ruiz cantaron, desde un palco, la Damisela encantadora.

En 1936 iba en la gira de la Compañía de Teatro Lírico cubano que dirigía Lecuona. Estaba
integrada por 60 artistas, distinguiéndose entre ellos Mimí Cal, Miguel de Grandy, Eddy López y
el autor Álvaro Suárez. Esta compañía recorrió toda la isla y con ella actuó el 27 de Enero en
Ciego de Ávila con su “Damisela encantadora” en Lola Cruz.

Luego, también en 1936 y junto a Lecuona, su hermana Ernestina e Ignacio Villa «Bola de
Nieve» efectuó su primer viaje a la Argentina y desde ese país viajó triunfalmente a Chile,
reincidiendo en este país poco tiempo después, durante un nuevo periplo que comenzó por
Panamá, siguió por Perú y Chile y que acabó en Uruguay y Brasil.

En la ciudad de Buenos Aires tuvo presentaciones en teatros, en populares escenarios y en
emisoras radiales como Radio El Mundo, Radio Argentina y Radio Tucumán. Filmó junto a
Lecuona y Bola de Nieve la película Adiós a Buenos Aires y alternó con artistas prestigiosos
de la época como Alfredo De Pera, Tita Merello, Tito Lusiardo, Rosita Moreno y Libertad
Lamarque.

Después de algunos años radicada en Buenos Aires regresó a Cuba en 1940, presentándose
en el teatro de la Comedia con el estreno de la obra lírica El crimen del set, de Barrios.

De nuevo en Argentina, con la compañía de Lecuona, estrenó El cafetal, Lola Cruz, Rosa la
china, y la revista La Habana en Buenos Aires.

De vuelta a La Habana en 1942 reapareció en el Teatro de la Comedia interpretando La casta
Susana, de Gilbert y La bayadera, de Kalman, con la compañía de Augusto Ordoñez.

Viajó en 1943, a Nueva York junto a Lecuona, actuó en el Spleinway Hall, donde la escuchó y
contrató el prestigioso compositor de operetas Sigmund Romberg, lo que motivó su
presentación con éxito, el 18 de septiembre de 1943, en el Carnegie Hall de aquella ciudad
donde dio un recital de música cubana. Con Sigmund Romberg realizó después cinco giras
por todos los Estados de la Unión.

En Marzo y Abril de 1945 actuó en el Teatro Martí con la compañía de Maruja González en la
que iba Rodrigo Prats como director musical. Pusieron en escena La condesa Maritza, La
danza de las libélulas, El conde de Luxemburgo, Las Leandras, La leyenda del beso, La corte
del Faraón y Luisa Fernanda. En esta última hizo el papel del título junto a Rosita Fornés que
fue la ‘Duquesa Carolina’.

Como era muy corriente en aquellos años –los días festivos-, el Domingo 1 de Abril esta
compañía anunció por la tarde Las Leandras y por la noche La leyenda del beso. En ambas
actuaba Ester

Terminó el año en la compañía de Garrido y Piñero con la que el 12 de Diciembre de 1945
intervino en el Teatro Martí en la actuación especial en el homenaje a Álvaro Suárez en la que
se puso Las Leandras.

En 1948 tomó parte en varios conciertos en teatros y cines habaneros con otras figuras
prestigiosas como el tenor Hipólito Lázaro, la soprano América Crespo, el tenor Panchito
Naya, el recitador Luis Carbonell e incorporó en su repertorio las canciones modernas de los
jóvenes pianistas Orlando de la Rosa, Mario Fernández Porta, René Touzet, y actuó en la
poderosa emisora CMQ Radio, entre otras.

En 1950 se fundó la TV en Cuba, y un año después comenzó a cantar en el novedoso medio
de comunicaciones en espacios como ‘Show del Pueblo’, ‘Noche de Ambar Motors’ y ‘Parece
que fue ayer’, entre otros muchos, junto a Ernesto Lecuona, el tenor Miguel Ángel Ortiz, el
pianista y director de orquesta Armando Oréfiche, el compositor Frank Domínguez.

Luego, en España y junto a Lecuona, debutó el año 1953 en el Teatro Álvarez Quintero de
Madrid en la segunda parte, después de representada la zarzuela cubana El cafetal, donde
ella cantó Qué pena de ser mujer, Te he visto pasar, e intervino en la estampa Mamita, yo
quiero arrollar y en Mosaico cubano de La tierra de Venus, de Lecuona. También interpretó el
papel titular de María la O repitiendo dichas presentaciones en el teatro Cómico de Barcelona.

A propósito de María la O, hay que decir que el papel de la protagonista de esta obra sólo lo
cantó en España y fue porque tuvo que sustituir a Hilda de Carlo, que se sintió repentinamente
indispuesta.

Actuó además en importantes escenarios de China, Polonia y la antigua Unión Soviética,
alcanzando, igualmente, notables triunfos.

En los años 60, desarrolló una intensa actividad divulgativa de la mejor música tradicional
cubana en salas de concierto.

En 1961 creó el memorable espacio televisivo ‘Álbum de Cuba’ desde donde, hasta 1986,
visitó cada domingo los hogares cubanos en el cual apareció como cantante, comentarista y
anfitriona presentando figuras consagradas y artistas jóvenes cultivadores de lo mejor de la
música cubana.

La discografía de Ester Borja se inició a finales de la década de los treinta con los sellos Victor
y Columbia de los EE. UU., Alcázar y Alhambra, en España y Kubaney, de Cuba. Sus primeras
obras grabadas fueron ‘Amanecer criollo’ (Brito), ‘Yo no sé por qué’ y ‘El zunzún’ (Lecuona) y
‘Mi corazón es para ti’ (La Rosa), con las orquestas de Alfredo Brito, Fernando Mulens.

Con la marca Montilla salió al mercado en 1953 su disco antológico Rapsodia de Cuba
acompañada por la orquesta de Cámara de Madrid bajo la dirección de los maestros
Fernando Mulens y el español Daniel Montorio. La placa es un larga duración resumen de su
afamado repertorio donde aparecen ‘Siboney’ (Lecuona), ‘La bayamesa’ (Castillo Céspedes y
Fornaris), ‘El manisero’ (Simons), ‘Mírame así’ (Sánchez de Fuentes). ‘Damisela encantadora’
(Lecuona), ‘Lágrimas negras’ (Matamoros), ‘La comparsa’ (Lecuona), ‘Zapateado cubano’
(versión de Jaime Prats), ‘El arroyo que murmura’ (Anckerman) y ‘Lamento cubano’ (Grenet).

En 1955 grabó, con el ingeniero de sonido Medardo Montero en la emisora Radio Progreso, el
complejo y famoso larga duración de canciones cubanas grabadas por su voz a dos, tres y
cuatro voces acompañada en el piano por Luis Carbonell y Numidia Vaillant dedicadas a la
memoria de su padre que murió el 12 de septiembre de 1955.

Este disco, titulado Recordando el pasado: Ester Borja canta… ha sido rescatado por EGREM
que lo ha publicado en compacto con el número CD 0637 como homenaje con motivo del
noventa cumpleaños de la cantante y contiene las siguientes canciones: Te odio (Félix B.
Caignet) y me odias (Ernestina Lecuona), En el sendero de mi vida (Oscar Hernández), Los
tres golpes (Ignacio Cervantes), Noche azul (Ernesto Lecuona), Es el amor la mitad de la vida
(José Marín Varona), Ausencia (Jaime Prats), La tarde (Sindo Garay), La hija de Oriente (José
Marín Varona), Ojos Brujos (Gonzalo Roig) y Longina (Manuel Corona).

De 1957 a 1958 dio a conocer tres discos de larga duración significativos: Ester Borja
interpreta canciones inolvidables de Ernestina Lecuona grabado en La Habana en 1957 con la
Orquesta y arreglos de Humberto Suárez, Canciones de Gonzalo Roig (compartido con la
soprano América Crespo) y Ayer y hoy, con boleros y canciones modernas de los años
cuarenta y cincuenta, bajo la dirección de Roberto Sánchez Ferrer.

Sus últimos álbumes grabados fueron para la EGREM: Álbum de Cuba (1965) bajo la
dirección de los maestros Valdés Arnau, Guzmán y Somavilla, y en 1975 tres discos que son
un merecido homenaje a su maestro Ernesto Lecuona con el admirable acompañamiento en
el piano de Nelson Camacho.

En todas estas grabaciones, se muestra en toda su madurez vocal e interpretativa y con su
fidelidad a la canción cubana. Inestimable para el recreo espiritual y profesional al igual que
toda su mágica carrera.

En 1984, tras cincuenta años de exitosa carrera profesional, se retiró de la vida artística pero
dejemos que sea ella misma quien lo cuente, por medio del estupendo artículo de Perla
Cartaya Cotta:
"Quiero confesarles algo: el día 4 de enero de 1984 escuché dentro de mí algo así como una
voz que me decía: este es el día... y yo comprendí que sería el último día que cantaba... Fui al
Palacio de los Capitanes Generales porque me ofrecían un homenaje... Canté todo lo que
quise, complací las peticiones del público” y en respuesta a mi pregunta expresa: "El jardinero
y la rosa (con Música de Lecuona y letra de los hermanos Álvarez Quintero) fue la última obra
que canté”. Al día siguiente ya no pudo impostar la voz. Tras otra breve pausa, continúa
hablando: "Nunca he llorado por no poder seguir cantando. Dios me dio la voz y Él me la quitó,
ante su voluntad incliné mi frente".

A partir de 1984 ha dictado conferencias en Cuba y en el extranjero sobre la música cubana y
sus compositores, que ha ilustrado con su propia voz. También ha desarrollado clases
magistrales de interpretación.

Fue la suya una hermosa voz, con clara dicción y adecuado sentido de la melodía. Además de
esa preciosa voz, tenía talento para captar la intención de cada obra. Es indiscutible que su
elevada profesionalidad y amplísimo repertorio, así como una larga e importante trayectoria, la
convirtieron en la intérprete por excelencia de los compositores líricos de su patria y no cabe
duda de que fue una de las mas sostenidas y destacadas intérpretes en la historia de la
canción cubana.

Los críticos más especializados afirmaban que además de ser una mujer de delicada belleza,
era una cantante de hermosa voz, cálido timbre, excelente impostación y gran flexibilidad y
extensión vocal que le permitía recorrer desde los más bellos tonos bajos de una mezzo
dramática, hasta el virtuosismo de una soprano lírica.

Sobre su voz lo más definitivo vuelve a estar en el artículo de Perla Cartaza que dice esto:

Y como erróneamente ha sido calificada en no pocas ocasiones como mezzosoprano, vale la
pena aclarar que en realidad “es una soprano con características muy peculiares”.

No es posible soslayar su diáfana e impecable dicción y la fácil capacidad para abordar, sin
dramatismo, las notas más bajas del registro grave.

“Sus abundantes fonogramas, pertenecientes a distintas épocas -desde los años treinta
hasta los producidos cinco décadas después- muestran una amplia tesitura, con reluciente
uniformidad tímbrica” que le permitió hacer virtuosas y antológicas grabaciones a dos, tres y
cuatro voces respectivamente.

En los inicios de su carrera ejecutó obras en las que explotó el registro sobreagudo, entre
ellas: fragmentos de Marina, de Arrieta, y arias de óperas italianas.

Según su testimonio personal, después de una intervención quirúrgica de amígdalas,
efectuada en la ciudad de Buenos Aires en 1942, su tesitura descendió, incorporándole una
emisión más cálida y orgánica que, además, le hizo ganar en volumen.

Su estilo interpretativo -bien definido y estable- se caracteriza por una original concepción del
fraseo, tanto en el sentido musical como en el literario; expone “una brillante explotación de la
dinámica, así como sabios manejos del ‘portamento’, ‘mordente’, ‘ritardando’, pero sobre todo
la incorporación y uso del ‘tempo lento’ para interpretar obras, aun aquellas que ya eran
populares antes de su debut”.

La guaracha, el bolero, la habanera, el son, la clave, la guajira, la criolla y la rumba,
expresiones genéricas que intervienen en las zarzuelas criollas “adquirieron en su voz una
particular galanura y especial matiz concertístico”.

Se afirma que es la soprano cubana que mayor número de obras ha grabado y, sin duda, la
de labor discográfica más extensa. La más fiel intérprete de la música de Ernesto Lecuona.

Acerca de esta figura estelar dijo el maestro Gonzalo Roig: “Representa para Cuba, lo que
Raquel Meyer para España, lo que Rosita Quiroga para Argentina, lo que Toña la Negra para
México pero existe una diferencia entre ellas y Ester Borja, y es que esas grandes figuras han
tenido imitadores, y Ester no; no porque no hayan querido imitarla, sino, sencillamente, porque
no han podido”.

En 1994 recibió la Orden “Félix Varela” y en 2001 el Premio Nacional de la Música. También
tiene la Medalla “Alejo Carpentier” y el Premio del Gran Teatro de La Habana.

El 21 de Mayo de 2001 habló sobre Ernesto Lecuona en el aula "Panorama de la Cultura
Cubana" de Perla Cartaya en la que desbordó su admiración por el compositor, “aquel
hombre sencillo, extremadamente desinteresado, que decía no cobrar por tocar el piano sino
por vestirse, porque se sentía más cómodo con sus anchas camisas con las que andaba por
la casa”.

Su afirmación más expresiva que no todos podemos decir: “Tuve la suerte de poder hacer lo
que quería. Nunca hice concesiones como artista".

Es madre de una hija, también llamada Esther, nacida de su matrimonio con el publicista
argentino Rafael Tato y que le ha dado tres nietos y estos los biznietos que quieran.

Para conocer más a Ester Borja, esta cantante ilustre y con los noventa años más que
cumplidos vamos a reproducir esta entrevista publicada en el periódico Adelante, 7 de Abril de
2001 en la que confirma y amplía lo escrito más arriba:

Ester Borja ha sido entrevistada tantas veces que podría dar clases al más versado periodista.
La gracia de una plática con ella debe estar no tanto en lo inédito del tema como en las
circunstancias de sus palabras. Se trata, simplemente, del testimonio de una de las
personalidades emblemáticas de la cultura cubana, casi nonagenaria sobre los asuntos que
siempre preocupan a todo artista.

Lejanos están los días de sus inicios, allá por la década del treinta, "como por lo general
comienza casi todo el mundo, pues las personas que quieren ser artistas lo son desde que
nacen. Mi mamá era muy exigente y me pidió que hiciera una carrera antes de dedicarme al
teatro. Figúrate, en esa época los padres pensaban que el arte era un camino a la perdición.
La complací y estudié magisterio. Ella era muy exigente y a la vez muy comprensiva: cuando se
dio cuenta de que yo iba por el camino del arte, me puso a estudiar música en el Centro
Gallego, donde me hice profesora de solfeo y teoría. Hice solo hasta cuarto año de piano,
porque las exigencias de mis estudios de magisterio me impedían mantener ambos cursos".

En los altos de su casa había una emisora de radio donde pudo iniciarse como aficionada:
"En plena huelga estudiantil contra Machado, ya a punto de graduarme, decidí trabajar en la
emisora. Allí conocí a Elisa, hermana de Lecuona. En otra emisora, la CMCA, conocí a un hijo
de Ernestina Lecuona, al papá de Leo Brouwer. Todos simpatizaban con lo que yo hacía y
siempre me decían "Si Ernestina te oyera", pero nadie me llevaba a conocerla. Me decidí
entonces a ir yo solita. En ese momento Lecuona estaba en España. A su regreso, él también
me escuchó. Me sugirió que estudiara canto y hasta recomendó el profesor, lo que yo acepté
inmediatamente. Así se inició una amistad que duró hasta su muerte. Un día, me trajo de
regalo las canciones con versos de Martí que había hecho pensando en mi. Las estrenamos
el 26 de febrero de 1935 en la sociedad El Liceo. Esa fue la primera vez que canté con él en
serio. Me propuso hacer teatro. Después de no vacilar pero sí de consultar con mi mamá -
aunque a fines de cuenta ya era maestra, había cumplido mi compromiso con ella- le
respondí que sí. Fue entonces cuando compuso para mi "Damisela encantadora", pieza que
se estrenó el 13 de septiembre de 1935, fecha que yo considero mi debut en el teatro. Fue ese
también el inicio de un amplio periplo, por "esos mundos de Dios": toda América del Sur, salvo
Bolivia, Estados Unidos y Europa.

Pero significó, sobre todo, un amplio contacto con los más variados públicos: "Que no se tome
esto como vanidad: yo no he tenido ningún público malo. El público es bueno o malo de
acuerdo con el trabajo que desarrolla el artista: hay públicos más ardientes que otros, eso sí.
Por ejemplo, el público norteamericano es muy entusiasta El argentino y el español fueron
adorables conmigo. Yo me siento muy feliz con el cariño de mi público. De una pequeña
salida a la ciudad son muchos los besos que traigo en la cara. Es que mi trabajo ha
consistido en eso: en hacer feliz a la gente".

Cuando se piensa en Ester Borja es imposible no pensar en "Álbum de Cuba", programa que
se mantuvo en el aire durante más de veinte años. "Todavía encuentro personas que me
preguntan por qué desapareció Álbum de Cuba. Una vez me pasó algo muy curioso después
de una actuación en Las Villas. Al irnos, un negrito de unos doce años se empina por la
ventanilla y me dice: "Señora, usted es Álbum de Cuba". Fíjate que interesante, el programa no
solo había llegado hasta allí, sino que hasta me había hecho perder el nombre".

El programa, por el que muchos de mi generación conocimos a Ester Borja, no era un simple
agregado de canciones: "Cada emisión tenía un tema. Así, aunque siempre era Álbum de
Cuba, los programas se diferenciaban entre sí. Un día en uno especial dedicado a la mujer, le
pedimos a José Antonio Portuondo que hiciera la presentación." Lo que, pienso yo, habla a
favor de la estima que en el mundo intelectual cubano llegó a tener el programa.

Es casi una tentación preguntar a Ester sobre la difusión del arte lírico en Cuba en la
actualidad: "Para gustar del arte lírico hay que conocerlo. Si no pasa como conmigo y las
Matemáticas: no me gustan porque no las conozco. Uno puede preferir algunas cosas; sin
embargo, no tiene por qué negar los valores de lo que desconoce. Uno siempre debe ser
respetuoso. El arte lírico debe, entonces, difundirse más.

"Yo me especialicé, por cuestión de gusto, en la canción cubana. Lo mismo cantaba a
Guzmán -Guzmán es una cosa aparte en la música cubana, no es ni popular ni clásico, es un
músico integral, su factura es muy moderna, muy nueva, muy buena-, que cantaba a Sindo
Garay, Rosendo Ruiz, Corona o Mario Fernández Porta. Nosotros hemos tenido muy buenos
músicos y muy buenos compositores. Por eso me duele tanto que la canción no esté presente
más a menudo en la televisión cubana. Es una pena enorme que la generación actual no
conozca a un lírico como es Mario Fernández Mulens que, por ejemplo, tiene una ‘Romanza de
la despedida’ que envidiaría cualquier compositor. Por eso duelen tanto esas ausencias en la
televisión".

A esta altura del diálogo decido arriesgarme a recibir un zapatazo en la cabeza. "Arriba,
pregunta." Con risas responde a mi timidez: "Ay, hija, era eso. Mira, todas las edades tienen su
encanto. Estoy perfectamente satisfecha. Me he casado tres veces, tengo mi hija, tres nietos,
dos biznietos y un tercero que viene en camino. La vejez no ha significado una cosa
extraordinaria para mí porque, por suerte, con 87 años tengo mi mente muy clara y magnífica
salud: no padezco de nada. Yo le digo a Cuca Rivero, con quien trabajo muy a menudo en
muchos concursos, que nosotras no somos viejas porque vieja, es una cosa que se tira a un
rincón, pero como nosotras estamos rindiendo una labor todavía, no se sienten llegar los
años. No te voy a decir que me encantaría ser joven toda la vida. Yo pienso que al llegar a los
cuarenta, cuando estamos en plenitud, la naturaleza debiera detenerse, y seguir así,
cumpliendo años pero sin envejecer, con el cutis terso; y eso que yo, mírame, no soy tan
arrugada...

Esta otra entrevista hecha por Xenia Reloba aún amplía más las informaciones que teníamos.
Se publicó el 15 de Agosto de 2005 y dice:

Devoradora de biografías, artesana, coleccionista de tazas, testigo de una época al alcance de
todos gracias a su prodigiosa memoria... Con estos pedazos y muchos más, se arma un
retrato rápido de Ester Borja.
Procedente de un hogar humilde, su madre le impuso una sola condición antes de permitirle
entregarse al mundo del espectáculo: “Estudiar una carrera seria.”
“Cosa que le agradecí toda la vida. El magisterio es un arte, y el aula es un escenario. Recibí
los conocimientos que luego me sirvieron con el público grande. Además, me enseñaron a
hablar ‘sin faltas de ortografía’, lo que me permitió conducir un programa de televisión durante
25 años (Álbum de Cuba), hablando de diferentes figuras, épocas y estilos musicales sin
repetirme.”
La filosofía de Ester Borja comprende lo que el destino desee proporcionarle: “Yo nunca pido
esto específico, o lo otro”, confiesa, pero también su propio empuje hace que las cosas que
desea sucedan. Una de sus primeras metas como artista fue llegar a Ernesto Lecuona.
“Primero conocí a Elisa (hermana de Ernestina y Ernesto). Ella me dijo que a Ernestina le iba
a gustar como cantaba, pero no me llevó con ella. Poco después Juanito Brouwer (hijo de
Ernestina) también pensó que a su mamá le encantaría, pero nada. Y como la juventud es
muy atrevida, un día amanecí con el Borja subido y dije: ‘Me va a escuchar hoy.’ Cogí las
partituras que tenía, y fui a verla”.
El consenso familiar fue que a Ernestico le gustaría su forma de cantar. En principio, Ernestina
ofreció la primera gran ayuda a Ester al conformarle un repertorio y presentarle a otros
compositores. La ocasión de hacerse escuchar por Ernesto Lecuona llegaría poco después.
El autor de ‘Malagueña’ regresaba de un viaje a España y convidaron a Ester para ir a recibirlo
y almorzar con la familia. Tras un breve reposo, el compositor estuvo dispuesto a atenderla.
“Se paseaba por el pasillo, fumándose tranquilamente su cigarro, mientras yo cantaba todo lo
que pensaba que podía interesarle, con Ernestina al piano. Cuando terminé se me acercó, me
pasó el brazo por encima del hombro y me dijo: ‘Muchachita, usted tiene un gran futuro.’ Fue
como si me hubieran puesto una medalla”.
Lecuona le recomendó tomar clases de canto con Lalo Elósegui, su maestro de toda la vida.
Sin embargo, aquel primer encuentro no traería frutos inmediatos. En 1934, durante una
función de despedida a Lecuona debido a un viaje a México, Ester Borja tuvo oportunidad de
lucirse como intérprete.
“Canté un número suyo que se llamaba Butterfly y tenía una parte recitada. Después he
pensado que esto influyó en que a su regreso de México me ofreciera seis canciones con
versos de José Martí, todas con una parte cantada y otra recitada. Me dijo: ‘Esto lo hice
pensando en usted.’ Fue el primer homenaje que recibí en mi vida como artista.”
A partir del estreno de esas piezas, el 26 de febrero de 1935, con motivo de la inauguración de
la primera Sociedad Liceo Femenino de La Habana, Ester Borja empezó a convertirse en
inseparable intérprete de Ernesto Lecuona. El punto de giro definitivo vendría cuando el
compositor creó para ella su Damisela encantadora, tema con el que la Borja sentó cátedra.
“Me dijo que había hecho una canción para agregarla a la obra Lola Cruz, pero como Gustavo
Sánchez Galarraga, su habitual colaborador, había muerto ya, la letra la hizo Álvaro Suárez.
Debuté con esa pieza en el Auditórium el 13 de Septiembre de 1935.” Pero Ernesto Lecuona
no sería el único grande de la música cubana que llamaría a Ester Borja.
“Con el tiempo pasé a interpretar obras de Gonzalo Roig. Entre él y Lecuona quizás existían
celos profesionales, pero nadie podía decir nada malo sobre Roig delante de Lecuona ni
viceversa.”
Otro grande, Adolfo Guzmán, “era serio, profundo y nada obsequioso. Podías acudir a él en
medio de un problema, a sabiendas de que te daría su opinión concienzudamente. Trabajó
las cuerdas como nadie en Cuba. Cuando escuchabas un número de él, lo reconocías por
eso. Estaba en el lindero entre la llamada música seria y la popular, pero su música era
elaborada. Era popular, pero no populachero”.
Esther Borja guarda un especial recuerdo de su estancia en Estados Unidos en los años 40.
“Un día quise comprarme un abrigo de pelo de camello y salí con un amigo a buscarlo. Nos
bajamos del subterráneo a una cuadra del Carnegie Hall y allí había un cartel que decía: Una
noche con Sigmund Romberg, tournée de costa a costa. Y dije: ‘¡Esto es lo que me gustaría
hacer!’ Regresamos a pie y llegamos a la Catedral de San Patricio, y mi amigo me dijo: ‘Pídele
lo que quieras.’ Y yo: ‘¡Ay, Dios! Dame un contrato que me guste.’ Había tenido algunas
audiciones en Estados Unidos y la gente al saber que era cubana me pedía rumba y eso me
molestaba. Cuando volví al hotel, el maestro Lecuona tenía un recado: debía estar al día
siguiente en el edificio de la RCA para una audición. Hice la prueba y me dijeron que nos
veíamos afuera. Uno de los señores que me estaban escuchando era el del cartel del
Carnegie Hall. Pasé 16 semanas haciendo conciertos con Sigmund Romberg, gracias a San
Patricio. Y el abrigo lo compré mucho después.”
Dos de los discos antológicos de nuestra música tienen a Ester Borja como intérprete:
Rapsodia cubana y Ester Borja a dos, tres y cuatro voces. En ambos participó uno de los
mejores amigos de la cantante, Luis Carbonell (“Hace muchos años pasó a ser de mi familia
aunque no tengamos la misma sangre”, nos comenta).
El primero, realizado mientras Ester se encontraba en España, reúne canciones clásicas
cubanas de diversos géneros. El segundo se compone de piezas registradas a dos, tres o
cuatro voces por la Borja, cuando todavía no existía la grabación por pistas.
En 1983 llegó el retiro: “Estaba cantando en un homenaje por mis 70 años. La gente empezó
a pedir temas... Cerré los ojos y sentí como si me dijeran: ‘Este es el momento.’ Y dije: ‘Los
voy a complacer, porque es la última vez que canto en público.’ Y lo fue, porque no he podido
volver a impostar la voz. Pero no he derramado una lágrima.”
¿Por qué hacerlo? A sus 91 años posee lucidez y experiencia; cantó a los más grandes; logró
con creces cuanto se propuso; ha tenido “todos los reconocimientos” en su país. Está
satisfecha... Y no es poco.