Díaz, Margarita

Texto tomado de una publicación en el Internet en la que no se le da crédito al autor.

En su natal villa de Guanajay, del oeste habanero, cursó los primeros estudios musicales con los
maestros César Cuenca y Eduardo Goicochea; y allí debutó el 5 de septiembre de l932, en el
entonces recién inaugurado teatro Vicente Mora, copia casi idéntica del primer sector de la fachada
del Teatro de la Ópera de Berna, en Suiza. Un año más tarde, establecida con su familia en la
ciudad de La Habana, matriculó en el Conservatorio Municipal de Música, donde se graduó en
l934. A partir de esa fecha su fama y popularidad fueron creciendo.

Hija y nieta de veteranos del Ejército Libertador, ella devino  imprescindible embajadora de la
música cubana por todo el mundo. Como era de esperarse, una mujer de estirpe mambisa no
podía hacer otra cosa que enaltecer la cultura y la idiosincrasia de la Isla, con su mejor arma: la voz.

De esa manera Margarita reafirmaba el legado de su abuelo, el Coronel Ambrosio Díaz; y de su
padre, el Mayor General Pedro Díaz, quienes lucharon por la libertad de Cuba y, por tanto, la
afirmación de los valores que distinguen la nacionalidad del país. Esto lo comprendió desde bien
temprano otro gran músico, Ernesto Lecuona, quien la incorporó a su compañía lírica.

En gesto de reciprocidad, agradecimiento y –sobre todo- cubanía, Margarita Díaz paseó por el
mundo la música de Lecuona, la de su hermana Ernestina y también la de Maestros como Gonzalo
Roig, Rodrigo Prats, Moisés Simons y los hermanos Grenet, entre decenas y decenas de
compositores cubanos.

Por ello la admiraron hombres como Pablo Picasso, personalidad suprema de la plástica;
mientras la cubana alternaba en escenarios internacionales con Maurice Chevalier, Edith Piaf,
Agustín Lara y Toña la Negra, por tan sólo citar algunas figuras de primera magnitud.

Con el triunfo de la Revolución Cubana y como verdadera nieta e hija de mambises, Margarita Díaz
regresó a la Isla. Es cuando funda y dirige, en la Sociedad Concepción Arenal, de La Habana, un
grupo lírico de cantantes aficionados.

Así fue como conocí personalmente a la intérprete, cuando trabajaba con Marco Antonio de Armas
en un colectivo similar. Margarita Díaz llegó hasta donde ensayábamos, con la humildad de una
verdadera diva; pero también, es necesario confesarlo, con la aureola de una gran artista, para
ofrecer sus consejos y enseñanzas.

Recuerdo con nostalgia y mucha alegría, cómo la acompañé al piano, lo que fue una suprema
lección para todos los aficionados; pero sobre todo para mí, pues desde joven aprendí que la
sencillez no está reñida con la estatura artística.

Quizá Margarita no recuerde aquel momento, inolvidable en mi vida profesional. Es por ello, y
mucho más, que la consideramos una verdadera diva; sin necesidad de andarlo pregonando a los
cuatro vientos, pues con su ejemplo y la clase magistral que es su vida, nos basta.

Tomado del Internet, autor no identificado.