García Orellana, Rosario
Esta información proviene del sitio Lírica Hispana, con nuestro agradecimiento a su creador, el señor Salvador Aulló
Ortiz
.

Vamos a poner lo que cuenta Sinesio Fernández en tres entregas publicadas en el Nuevo
Herald, de Miami, los días 18, 25 de Agosto y 1 de Septiembre de 2007. Están prologadas
por Orlando González Esteva y agrupadas bajo el título Escucha al ruiseñor. Sinesio
Fernández tuvo correspondencia con Rosario y su hermana María y nos resume así lo que
ellas generosamente le entregaron.

Nacida en Madrid el 2 de Octubre de 1905.

Era hija de padre cubano y madre española. Cuando tenía dos años la familia se trasladó
a Cuba.

El padre, Manuel García Infanzón, arquitecto, pianista y profesor de música, sería el
primero en enseñar a su hija los secretos de este arte y en impartirle clases de canto.

La joven debutaría en los salones del Diario de la Marina, en un homenaje al pintor
Ignacio Zuloaga, el 27 de Mayo de 1925, luego de vencer una timidez que su maestro sólo
alcanzó a mitigar animándola a cantar frente a todo el que les visitara o frecuentara el
barrio, incluyendo a bodegueros y carteros.

Sería el inicio de una carrera que la llevaría a triunfar en Cuba, Estados Unidos y
Sudamérica, y a inspirar a Ernesto Lecuona una de sus obras vocales más difíciles:
''Escucha al ruiseñor''. La exhortación estaba clara: el ruiseñor era Rosario.

Luego de su debut en los salones de El Diario de la Marina en 1925, comenzó a cantar en
algunas emisoras de radio y teatros de La Habana.

Su encuentro con Ernesto Lecuona está descrito en una de las cartas suyas que
conservo: Fui presentada a Ernesto Lecuona cuando sus hermanas Elisa y Ernestina me
llevaron a su casa, donde conocí a su mamá.  Allí, Lecuona me propuso una tournée por
Oriente, y el 11 de Diciembre de 1929 salimos para Santiago de Cuba. Debuté el 13 del
mismo mes en el Teatro Vista Alegre. La presentación era muy buena, con dos grandes
pianos y el acompañamiento de Ernesto y Ernestina... El "Canto indio" me lo enseñó
Lecuona tarareándomelo, en el tren, y así lo aprendí y lo canté: sin ensayo.

Se presentó junto a los hermanos Lecuona en varias ciudades de la provincia más
oriental de Cuba, y a su regreso a La Habana accedió a la petición de su padre de
revelarle al compositor la amplia extensión de su registro vocal: Me hizo hacer un trino en
mi-fa sobreagudo, y de ahí surgió "Escucha al ruiseñor", que Lecuona escribió para mí.
Estrené la canción en el Teatro Payret el 3 de Mayo de 1930, y gustó tanto al público que
tuve que repetirla. Después la canté muchas veces en la radio y en los teatros, y tuve el
honor de ser acompañada por él en distintas ocasiones...

Lecuona calificaría su voz de "fenomenal", y en una entrevista concedida a la revista
"Bohemia" añadiría: Voz extensa, bien timbrada y linda; cuadratura y musicalidad
perfectas. Y un temperamento exquisito. Lo tiene todo para triunfar.

Cantó con la Orquesta Filarmónica y la Orquesta Sinfónica de La Habana, interpretó varias
zarzuelas de Ernesto Lecuona, y en 1931 éste la invitó a conocer personalmente a José
Mojica en el Hotel Nacional, donde el artista se hospedaba, y a cantar para él. Su voz
entusiasmó al tenor mexicano y fue él quien se ofreció a ayudarla a abrirse paso en
Estados Unidos, y le pidió que le escribiera a California tan pronto arribara a Estados
Unidos. Mojica consiguió, en 1932, que la cubana comenzara a grabar para la Victor. Entre
las canciones escogidas estarían "Escucha al ruiseñor", la habanera "Tú" y "Flor de
Yumurí".

Después de su triunfo en Nueva York, ofreció una audición para la prestigiosa Compañía
de Ópera de Chicago (una audición en la que no faltó la canción que se había   convertido
en su carta de triunfo:  "Escucha al ruiseñor") y la contrataron.

El 25 de Noviembre de 1933, el New York Times exhibió el siguiente titular: Diva cubana
triunfa en la opera. Rosario García Orellana hizo un brillante debut en el Hipódromo. Tuvo
cinco llamadas a escena. La nota inmediata, traducida al español, reza: Rosario García
Orellana, soprano cubana, hizo su debut anoche en el papel de ‘Gilda’, en "Rigoletto", ante
una audiencia integrada por 4.000 personas. Después del "Caro nome", que se vio
obligada a repetir, su éxito fue definitivo... Su voz, ligera pero segura, sin el nerviosismo
propio de los debutantes, conservó la línea en los registros agudos y fue singularmente
clara en las notas ornamentales, el crescendo y los trinos. La nota agregaba que la
cantante fue ovacionada durante varios minutos.

Su carrera se diversificó y tan pronto cantaría tanto en los célebres programas
radiofónicos patrocinados por la compañía General Electric, como en el Teatro
Paramount, en la N.B.C., en el Carnegie Hall, en la Unión Panamericana de Washington
(acompañada por la Banda de la Marina de Estados Unidos), y en los espectáculos del
Radio City Music Hall, donde debía interpretar obras de gran exigencia vocal 4 y 5 veces al
día. También doblaría películas para la Metro Goldwyn Mayer y se presentaría junto a
artistas del renombre del tenor James Melton.

Dos datos curiosos divulgados por Oscar Fernández de la Vega: entre las películas en
cuyo doblaje intervino figura "El retrato de Dorian Gray"; su belleza física deslumbró a
varios artistas plásticos que le pidieron que posara para ellos y dejaron testimonio de esa
belleza en óleos y bustos.

Abandonó Cuba el 27 de Enero de 1932, después de ofrecer un concierto de despedida
en el Teatro Principal de la Comedia, y se fue a Nueva York, donde logró triunfar, regresó a
la isla en 1934 para presentarse en el Teatro Nacional, en el Teatro Auditorium y en la
radio.

Volvería en 1937 y en 1939, y tan pronto sería recibida en el Palacio Presidencial por el
presidente Laredo Bru, como cantaría en la radio bajo las batutas de los maestros
Gonzalo Roig y Amadeo Roldán, y en los principales teatros de algunas ciudades de la
isla: Santiago de Cuba, Manzanillo, Holguín, Camagüey, Sancti Spiritus y Matanzas.

Alguna de la publicidad impresa que conservo la muestra compartiendo aplausos con un
cantante de moda: Pedro Vargas.

Pero la soprano también cosechó aplausos en Sudamérica. Una revista argentina
anunciaba: ''Buenos Aires abre su jaula al ruiseñor de Cuba''. Y allí, en Argentina, entre
otras actividades, se presentó junto a Libertad Lamarque.

La gira la llevó a Brasil, Venezuela y Colombia, donde recibió una noticia que la obligó a
volar a La Habana: el fallecimiento inminente de su padre.

También cantaría en Puerto Rico. Entre los testimonios de su éxito en este país está el
cóctel que el Club Mayagüez Country creó en su honor, ''Especial Charito'', cuya fórmula
aparecería impresa en la publicidad de la isla: una onza de leche, una onza de ron Boca
Chica, una cucharadita de Kresto, una cucharadita de azúcar y hielo picado. Todo bien
batido.

Los éxitos en Nueva York se fueron multiplicando. En 1942, actuó junto a Carmen Amaya,
y tan pronto ofrecía un recital dedicado a Schubert como se presentaba junto a Juan Arvizu
o acompañada al piano por María Grever. En 1944 se presentó en el City Center de Nueva
York junto al Ballet Russe de Montecarlo y participó en un acto donde coincidieron figuras
tan diversas como el pianista Jorge Bolet y la recitadora Eusebia Cosme.

En 1945, la contrató el famoso Ballet Español de La Argentinita para presentarse en el
Metropolitan Opera House de Nueva York, donde interpretó El amor brujo de Miguel de
Falla en un arreglo acorde con su tesitura de soprano de coloratura.

Pero la artista, de sólida formación religiosa, comenzó a encontrarse más a gusto en
ambientes menos mundanos y a cantar, cada vez con más frecuencia, en las iglesias.
Acabaría ingresando en la Venerable Orden Tercera de San Francisco de Asís en 1961.

Un par de frases extraídas de una de las cartas suyas que conservo resultan reveladoras:

No hay que olvidar que se estudia un arte, y que éste es siempre agradecido con los que
a él se dedican. Se nace con la voz, y además se nos concede el privilegio de poder
emitirla libremente...

Tengo muy buenos recuerdos de mi carrera artística, pero no querría volver a ser cantante,
pues requiere muchos sacrificios y es una carrera llena de dificultades.

Aún me asombra la frescura de la voz que escuchaba durante mis conversaciones
telefónicas con ella. Nada delataba su edad avanzada; al contrario, aquella frescura
correspondía puntualmente al rostro bellísimo que asomaba a las fotografías de su
juventud.

También me asombraba la alegría, el entusiasmo, que tanto ella como su hermana María
mostraban apenas se les hablaba de música o de algún intérprete o compositor cubano
de aquellas primeras décadas del siglo XX. Todo aquello parecía haber quedado en su
sitio, en el pasado, y de todo se hablaba sin pizca de amargura.

Los trajes, las luces, los escenarios, los aplausos, las giras, la juventud, habían
desaparecido pero no se les echaba de menos, no se le reprochaba a la vida su curso: se
la había vivido y aún se la vivía con una aleccionadora conciencia de que la vida es, más
que pérdida, transformación inevitable, paso.

Pensando en la época que esta mujer alegró y hermoseó con su voz y con su persona, y
en aquella canción que le escribiera Lecuona, ''Escucha al ruiseñor'', he recordado en un
pequeño poema que me leyó, alguna vez, mi amigo Orlando González Esteva (uno de
esos “haikus” a los que él es tan devoto):
El árbol seco / escucha al ruiseñor / que lleva adentro.


Y esto es, también, parte de lo que puede ser la interesante historia del ruiseñor cubano,
Rosario García Orellana. Para no quedarnos en esto, vamos a poner aquí el interesante
artículo a ella dedicado por el excelente investigador Ramón Fajardo, que nos honra con
su amistad:

Tenía una belleza alegórica que surgía de la lámina de una caja de tabaco, algo de
estatua de la India, de veste blanca y azul, con gorro frigio de la Patria.

Sin duda eran así las «ninfas» de los romances de Plácido, de Vélez, de Fornaris.

Y era así como había que cantar la melodía pequeña, sólo nuestra, oída mil veces; allá
arriba, esbelta palma indiana, cruzada de jilguero, con el timbre agudísimo - «¡En Cuba…
!» inalcanzable.”

En la sección «Voces cubanas», de su libro Visitaciones, la gran poetisa cubana Fina
García Marruz describió así a la soprano Rosario García Orellana, cuyas notas agudas,
según el decir de sus coetáneos, reproducían el canto de los ruiseñores. Según se
cuenta, cuando llegaba a su fin el decenio de los veinte del pasado siglo, la Orellana hizo
su primera presentación ante el público en los salones del Diario de la Marina en ocasión
de un homenaje al pintor Zuloaga.

Acompañando a Ernesto Lecuona, en 1929 realizó una gira por ciudades cubanas durante
la cual obtuvo un sonado éxito con el “Canto indio” del mencionado compositor, pianista y
director de orquesta.

Posteriormente, actuó en la radioemisora CMBZ, alcanzando gran popularidad, hasta que
en 1930 Lecuona la invitó a debutar en el teatro lírico criollo durante la temporada que el 1
de Marzo de ese año él inició en el Payret con el estreno de su zarzuela María la O, con
libreto del poeta y escritor Gustavo Sánchez Galarraga, en la que Rosario García Orellana
fue la segunda intérprete del personaje protagónico.

Inspirado en el timbre y su maravilloso registro agudo de la soprano, por aquel entonces
Lecuona creó para ella “Escucha al ruiseñor”, pieza que la consagró para siempre ante el
público habanero. En 1932 se anotaba un nuevo éxito con la música del maestro al
participar en el Principal de la Comedia en el estreno de la opereta La guaracha
musulmana, también con argumento de Sánchez Galarraga, a lo que siguieron sus
actuaciones en otras obras del maestro como El calesero, El Cafetal y La Tierra de Venus,
entre otras.

Seguidamente vinieron sus presentaciones con la Orquesta Filarmónica de La Habana y
en los llamados «sábados» del teatro Martí con el insigne compositor y director de
orquesta Gonzalo Roig.

En busca de nuevos horizontes, en Septiembre de 1932 viajó a Nueva York, donde a partir
de entonces transcurriría la mayor parte de su labor artística y estableció su residencia
hasta su muerte, hecho que sucediera no hace tantos años, cuando contaba con algo
más de cien años de edad.

A pesar de ser una desconocida, su facultad vocal le abrió paso de inmediato y sería
contratada en el Casino de Atlantic City, en el que cantó obras de diferentes autores, pero
principalmente de Lecuona, cuyo “Escucha al ruiseñor” incluyó en sus primeras
grabaciones discográficas en Estados Unidos de Norteamérica, obteniendo con ese título
un triunfo similar al de su patria.

Al escucharle tal composición Salmaggi, a la sazón director de la Chicago Opera
Company, la contrató para interpretar el personaje de ‘Gilda’ en la ópera Rigoletto, de
Verdi, en unas actuaciones en que, a insistencias del público, cantaba unas cinco veces
el conocido “Caro nome”.

Asimismo participó en conciertos en el Paramount, en los neoyorquinos hoteles Plaza y
Biltmore, en la Unión Panamericana, en Washington, en radioemisoras de la Columbia
Broadcasting System… su voz se dejó escuchar en numerosas urbes estadounidenses.

Con un prestigio bien cimentado, después efectuó giras por naciones de América
Hispana, en las cuales, junto con obras de renombrados autores españoles, cantaba en
teatros y radioemisoras música cubana.

«Mis conciertos de música cubana fueron acogidos siempre con extraordinario calor»,
declaró en una oportunidad a la prensa. A lo largo de varias décadas mantuvo contactos
con su isla, tan sólo perdidos con el inexorable transcurso de los años, que asimismo
agotaron el prodigioso manantial de su garganta, la cual le permitió enaltecer el nombre
de su patria en cuanta tierra extraña puso los pies.

Ese amor por el terruño natal lo confirmó una vez al confesar a un periodista que antes de
salir a cantar, mientras muchos se encomendaban a una virgen o un santo, ella sólo
invocaba el nombre de Cuba. ¡Hermosa superstición de una de nuestras grandes artistas,
identificada en su época como «el ruiseñor cubano»!

Murió en Nueva York el 3 de Noviembre de 1997.